The Cure lideran el Primavera Sound más ecléctico

Robert Smith, maestro de ceremonias. Foto: Eric Pamies

1/2/3-06-12. Parc del Fòrum (Barcelona)

El Festival Primavera Sound 2012 ha destacado, un año más, como una de las citas musicales europeas más poderosa del pop-rock actual. Esta edición, además, ha confirmado la inquietud constante de sus programadores y la progresiva apertura de miras de un cartel que ha incorporado bandas capitales y pioneras de géneros antaño ajenos a su filosofía, como el death metal, el grindcore, el black o el metal industrial.

El Primavera Sound siempre ha sido un festival ecléctico e interesado en descubrir e indagar en nuevos sonidos, ya sea mirando hacia el futuro -con la inclusión de algunos de los nuevos sonidos más estimulantes, aún a riesgo de programar algún que otro hype de temporada- o al pasado, recuperando a bandas pioneras o de culto -a riesgo de programar auténticos dinosaurios-.

El contraste entre unos y otros, lejos de lo que podría parecer, consigue un difícil equilibrio de estilos, décadas y sensibilidades tan disfrutable y lúdico como pedagógico e inspirador. Tampoco constituye, ya, redil de lo indie, concepto desprovisto, desde hace ya algunos años y en gran parte gracias a los nuevos hábitos de consumo musical, en fenómeno mainstream, como el propio concepto de festival alimenta y necesita.

Mayhem: maquillaje, antorchas y cabezas de cerdo. Foto: Eric Pamies

En este contexto, resulta interesante observar que algunas de las bandas más underground de esta edición provienen de esferas musicales alejadas del tradicional universo estético e ideológico de la cita. Ello ha suscitado polémica entre sus fervientes asiduos y tampoco ha gustado a los fans de las formaciones más crudas, que han visto a sus bandas fetiche engullidas por el mal entendido fenómeno de la modernidad. Resultado: indies (y heavys) cabreados.

Por suerte, en medio de unos y otros estamos aquellos amantes de la buena música, sin distinciones ni etiquetas, que hemos podido disfrutar, por fin, de todo el espectro musical que nos interesa en un mismo espacio y fechas. Con ello se ha realizado, además, un ejercicio de justicia musical, ya mostrado, aunque con mayor timidez, en ediciones anteriores con la presencia de bandas como Isis, Throbbing Gristle, SunnO))), Motörhead o Melvins. Porque, si de lo que se trata es de dar cabida a los pioneros y mejores representantes de los más variados géneros musicales, sin jerarquías, en una suerte de ejercicio de arqueología sonora, había aquí ausencias importantes.

Napalm Death, padrinos del grindcore. Foto: Eric Pamies

Entre los nombres más llamativos de esta última edición, dejando a un lado la también sorprendente inclusión de la world music de Afrocubism, se hallan Napalm Death, cuyas raíces incrustadas en el punk británico más extremo engendraron, hace ya tres décadas, el denominado grindcore, probablemente lo más ruidoso que ha pasado por el Parc del Fòrum -con permiso de Throbbing Gristle-. Liderados por un Mark “Barney” Greenway y sus ya características coreografías epilépticas, los de Birmingham orquestaron una auténtica carnicería sónica, rompiendo ritmos, cambiando bruscamente de marcha y triturando riffs de guitarra en uno de los directos en mayor consonancia con los tiempos que corren. Beligerantes es poco.

A su lado, Mayhem, uno de los estandartes del llamado Inner Circle del black metal noruego, quedaron algo ensombrecidos. Su puesta en escena marcadamente teatral, con antorchas, cabezas de cerdo empaladas y los músicos cubiertos de sangre y maquillaje, atrajo a muchos incrédulos curiosos. Otros tantos habían leído sobre el género y tenían aquí su primer contacto directo con el mismo. Por ello supo algo mal constatar que ni la banda está en plena forma, ni su ejecución -en general, lineal y sin pegada-, a la altura del interés que suscitan su filosofía y envoltorio.

En la misma línea, Wolves In The Throne Room y Liturgy mostraron sendos acercamientos al black metal; los primeros, desde Washington, manteniendo la mística y el oscurantismo primigenio y ofreciendo piezas tan crudas como envolventes; y los segundos, experimentando con el sonido mediante capas y bucles para generar una suerte de mantras seguido inevitablemente por propios y extraños sin apenas pestañear.

Tras las inesparadas cancelaciones de Sleep y Melvins, muchos se agarraron a Godflesh como a un bote salvavidas y salieron ganando. Intensos como pocos, su apuesta sigue siendo casi tan rompedora como hace veinte años. Justin Broadrick, que ya había visitado el festival al frente de su más atmosférico proyecto Jesu, se dejó la piel en el escenario. Parece mentira que tan pocos elementos -una guitarra saturada, su desgarrada garganta y una rotunda caja de ritmos- puedan original semejante vendaval. Rocosos, pesados como losas y salvajemente virulentos, dieron una gran lección. A su lado, la propuesta de post-metal Storm Of Light, liderada por el responsable de los visuales de Neurosis, Josh Graham, y con la bajista de Howl en sus filas, sonaron algo toscos y menos convincentes.

El retorno de Refused fue otro de los platos fuertes del PS12. A pesar de su corta carrera, su último y más celebrado disco hasta la fecha, “The Shape Of Punk To Come”, cabal para entender la evolución del posthardcore, centró buena parte del set. De sonito tan rotundo como claro, se mostraron en plena forma tras su parón de casi quince años como banda; el cantante Dennis Lyxzén brincó con la misma energía de siempre y piezas como “New Noise” y “Rather Be Dead” se alzaron como lo que son, contundentes himnos para masas furibundas. Un gran retorno.

En una tesitura similar cabría ubicar a los descerebrados Thrash Talk, cuyo ímpetu y salvajismo escénico y sonoro dejaron a más de uno con la boca abierta, mientras su vocalista se subía a la batería, la torre de sonido o la barra del bar. Mientras, la superbanda angelina de hardcore punk Off!, formada por miembros de Circle Jerks, Black Flag, Burning Brides o Red Kross, entre otros, demostró veteranís y kilómetros con un set tan combativo como pegadizo.

Afghan Whigs, vuelven los noventa. Foto: Dani Cantó

Otra de las cancelaciones más sonadas fue la de la islandesa Björk, que dejó a The Cure como cabeza indiscutible del cartel. Robert Smith, icónico, frágil y comunicativo, lideró a una banda que integró de nuevo los teclados a su propuesta, lejos de la reformulación guitarrera de su última visita a nuestro país y más fiel a la mejor etapa del grupo. “Plainsong”, para empezar, y “Pictures Of You” en los primeros minutos lograron ganarse al público, al que esperaban tres horas de repaso a algunas de las canciones más memorables del pop de las últimas tres décadas.

La presencia de los noventa, encarnada también por bandas como los asiduos al festival Dinosaur Jr., fue más visible aún con otro ansiado retorno, el de Afghan Whigs, que derrocharon electricidad, solvencia, elegancia y buenas canciones guiados por un siempre correcto y carismático Greg Dulli. En el ámbito estatal, aunque podríamos citar muchas bandas, nos quedamos con ls vascos Lisäbo, cuyo conglomerado de posthardcore, punk y rock con aristas nos fascinó a base de imaginación, pulso férreo y discurso arengador.

Y entre los grandes nombres que pasaron por el Auditori destacó un Michael Gira estremecedor y doliente. Cambiando la electricidad de Swans del año anterior por una acústica y un espacio más proclive al intimismo y la intensidad susurrada, sus maneras de crooner crepuscular atraparon sin concesiones.

Michael Gira, dolor escénico. Foto: Dani Cantó

Texto: David Sabaté

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