"El lobo de Wall Street": cuando Marty recuperó el espíritu yuppie

El Lobo de Wall Street

DiCaprio-Belfort, antes del declive. Fuente: Universal

Por Toi Brownstone

Termina la última escena, tras tres horas siguiendo intensamente las hazañas y excentricidades de Jordan Belfort, y en ese preciso instante en el que el cine queda completamente a oscuras, justo antes de los créditos finales, mi compañero de visionado y yo soltamos en voz alta con el mismo entusiasmo y a la vez lo mismo: “¡Qué peliculón!”

Desde que Martin Scorsese iniciara su unión cinematográfica con Leonardo DiCaprio, actor totalmente estigmatizado por su participación en el bodrio de James Cameron “Titanic” y en alguna que otra basura no tan relevante, al director le han caído “hostias como panes”. A ojos del público, DiCaprio es un indigno sucesor de Bobby De Niro, un niñato guapo con registros muy limitados que, por algún extraño motivo, cayó en gracia al director, que apostó todo al rojo por él. Pero ya hace 14 años de su primera película juntos, “Gangs of New York”, y la trayectoria de este matrimonio parece consolidada y en alza.

Marty también ha sido muy criticado por sus proyectos más recientes y su aproximación a géneros ajenos a su estilo, que se han interpretado como una crisis creativa y un declive en cuanto a la calidad de sus historias. Una minoría, sin embargo, lo hemos visto como un periodo de experimentación que solo unos pocos pueden permitirse.

El Lobo de Wall Street

DiCaprio y Margot Robbie, jugando al perro y al gato. Fuente: ciudadanonoodles.blogspot.com

Siendo una defensora acérrima del pequeño gran hombre con gafas, lo cierto es que me espantó bastante esa oleada masiva de elogios por parte de público y crítica a su último trabajo, “The Wolf of Wall Street”. En ningún momento tuve dudas acerca de la película, ni siquiera el excesivo metraje me hizo pestañear, puesto que, con el ritmo óptimo, cualquiera de sus historias puede pasar como un suspiro (para muestra los 142 minutos de “Goodfellas”).

Por muy desacostumbrada que esté, al final tengo que asumir que, a diferencia de un montón de bandas de rock que acostumbro a venerar, la obra de Scorsese es de fácil consumo para el público mainstream, por lo que antes de que las redes sociales ardieran de spoilers o que hubiera esa saturación mediática y que Belfort se convirtiera en el Mario Conde mundial, odiado y amado a partes iguales, tenía que ver al lobo con mis propios ojos y formar mi propia opinión sin la típica presión externa que se genera cuando una película está nominada a los Oscars de la academia.

Hay una palabra en inglés que encuentro perfecta para definir la historia contada en esta película, y es “debauchery”, en castellano “libertinaje” y “desenfreno”. Otra palabra que encajaría sería “exceso”. Creo que no solo se compenetran, sino que en este caso una no tiene sentido sin la otra.

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24 Hour Party People. Fuente: www.thechairoffame.com

Lejos de pretender destripar estas tres horas de locura, y a riesgo de pecar de falta de objetividad, lo cierto es que la historia de Jordan Belfort es perfecta, por su auge y posterior caída, para ser recreada por Scorsese, recuperando una intensidad y un ritmo equiparable a las espléndidas “Goodfellas” y “Casino”. Sí, sí, habéis leído bien. Y es que no hay que ser un mafioso italiano para amasar una fortuna al margen de la ley. Puedes ser un ambicioso agente de bolsa de Queens, capaz de convertirte en el rey de Wall Street, confirmando que todos los tópicos que conocemos, “el sueño americano”, “América tierra de oportunidades” o “from rags to riches” pueden hacerse realidad. Y además dar mucho juego.

Mucha pasta, muchas drogas, mucho alcohol, mucho sexo, mucha incorrección política y una banda sonora excelente. Histriónica y grandilocuente, como lo era “Scarface” de Palma, “The King of New York” de Ferrara o los títulos ya mencionados. 3 horas impecables en las que no falta ni sobra nada, con un buen puñado de escenas memorables gracias a los efectos de los extintos quaaludes y el tándem formado por DiCaprio y Jonah Hill (glorioso).

A estas alturas Scorsese poco tiene que demostrar y tampoco creo que sea necesario, pero hay que admitir que es un gustazo que cada cierto tiempo nos regale joyas como esta que, con seguridad, una vez superada la euforia popular inicial y con el paso del tiempo, formará parte de su lista de tops.

Texto: Toi Brownstone

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