AC/DC, los jefes de todo esto

Angus Young de AC/DC. Foto de Sergi Ramos

Angus Young: el rock. Foto de Sergi Ramos

AC/DC. 29-05-2015. Estadi Olímpic Lluís Companys (Barcelona). Promotor: Live Nation

Reencontrarse con AC/DC -algo que sucede con cada una de sus giras, eso es, más o menos, cada cuatro o cinco años- es reencontrarse con la esencia del rock’n’roll. Verlos en directo significa recordar lo evidente, aunque nunca está de más verbalizarlo: esto es rock, y lo que a menudo nos venden como tal, no se le acerca ni por asomo. Es más, deberíamos sonrojarnos por haber vibrado -o creer vibrar- con cierta música que incluía guitarras en su ecuación, como si eso legitimara el uso del término rock al hablar de una banda.

Si alguna vez lograron colárnosla -todo el mundo tiene derecho a bajar la guardia en algún momento de su vida-, lo sentimos, pero ya no nos volverán a engañar. Nunca hemos necesitado supuestos salvadores del rock porque este siempre ha estado ahí, personificado, también y en gran parte, por innumerables jóvenes y pequeñas bandas underground, claro está.

Sea como fuere, el último paso de los australianos por nuestro país -al menos por Barcelona, aunque me consta que en Madrid estuvieron casi a la altura, es decir, impresionantes-, no ha hecho más que corroborar el reinado de los de Angus Young en el terreno del rock en mayúsculas, aquél que te sacude, que te entra por los oídos para recorrer todo tu cuerpo como un incontrolable espasmo eléctrico e imprimir su contagioso groove en tu mismísima espina dorsal.

Sus riffs, aparentemente sencillos, resultan gigantescos; no solo por volumen, sino por concentrar en apenas unos pocos acordes una vasta sabiduría musical que arranca del blues para desarrollar el hard rock más desnudo y pegadizo. Al igual que, lejos de las apariencias, resulta muy difícil facturar un buen hit pop de melodías memorables y tempo y medidas exactas, AC/DC llevan más de cuatro décadas aplicando al hard rock la fórmula del menos es más para despachar otras tantas decenas de piezas maestras del género.

Brian Johnson de AC/DC. Foto de Sergi Ramos

Brian Johnson, ya le gustaría a Mick Jagger. Foto de Sergi Ramos.

El resultado es un incendiario repertorio sin rellenos de los que deja sin respiro: “Shoot to Thrill”, “Hell Ain’t A Bad Place to Be”, “Thunderstruck”, “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, “Back in Black”, You Shock Me All Night Long”, “T.N.T.”, “Whole Lotta Rosie”, “Hells Bells”, “Shot Down in Flames” o las ovacionadas “Highway to Hell” y, cañonazos mediante, “For Those About to Rock (We Salute You)”.

Mención aparte merece el espasmódico solo de “Let There Be Rock”, con un incombustible Angus Young induciendo al trance colectivo y escupiendo notas de sus seis cuerdas como si la guitarra fuera una prolongación de su propio cuerpo. Momentos de exceso bien recibidos junto al habitual arsenal visual de sus directos, léase llamaradas, gordas muñecas hinchables o pirotecnia intimidatoria.

Alguien podría criticarles toda esta parafernalia, incluso el carácter inalterable y nostálgico de su show, con la inclusión de apenas cuatro temas posteriores a 199o. Aunque si has estado allí, todo eso te da bastante igual: pocas experiencias se parecen a un concierto de AC/DC, uno de los mejores ejemplos vivos de que la buena música no entiende de épocas ni edades, como corroboraron las sonrientes expresiones y bailoteos de centenares de chavales ojipláticos subidos a hombros de sus padres. Muy jefazos.

Lo peor: no vislumbramos en el horizonte bandas que puedan relevar a los de Angus Young en cuanto a formato y experiencia en vivo -Foo Fighters serían, quizás, lo más cercano-.
Lo mejor: puede que, visto lo visto, aún les quede cuerda para un par de giras mundiales más.

Texto: David Sabaté / Fotos: Sergi Ramos

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Goliath Is Dead

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