Sitges 2015 (7): ‘Baskin’, ‘Ludo’ y ‘Jeruzalem’, terrores lejanos

'Baskin'. Sitges 2015

‘Baskin’. Fuente: www.collider.com

La última edición de Sitges ha sido generosa en producciones de terror procedentes de países lejanos, concretamente de orígenes orientales pero poco típicos en nuestro imaginario fantástico, como Turquía, Israel o la Índia.

El primer caso, precedido por cierto hype totalmente contraproducente, es el de Baskin, de Can Evrenol, una historia de policías turcos que se meten en la boca del lobo modalidad espeluznante sede de comunidad satánica.

Podríamos dividir la cinta en distintas partes o capítulos: una primera, quizás demasiado dilatada pero bien construida, que muestra al grupo de agentes charlando alrededor de la mesa de un bar de carretera al estilo Reservoir Dogs; todo camaradería y anécdotas, que se irán tornando bien pronto en malestar y violencia cada vez menos soterrada.

Secuencias de impás mediante -el festivo trayecto en furgoneta, la llegada a la misteriosa casa-, la otra gran y larga escena se detiene en un desenlace de atmósfera lograda y aterradoras imágenes protagonizadas por una horda de esclavos veneradores del diablo con una apariencia que remite a la de los cenobitas de Clive Barker. Todo funciona y estremece -en especial el inquietante líder de la secta- excepto la acción y el avance de la narración.

Tampoco ayudan los flashbacks ni las distintas líneas argumentales entrelazadas, en distintos planos espacio-temporales, que quieren abarcar demasiados tonos y estados de ánimo, y que, a pesar de lograr trasmitir la noción de lo onírico y sobrenatural, acaban desorientando al espectador. Nos quedamos con la estética, la banda sonora y algunas imágenes ciertamente potentes.

'Ludo', vista en Sitges 2015.

‘Ludo’. Fuente: www.klownsasesinos.com

Por su parte, la índia Ludo, de Qaushiq Mukherjee y Nikon, digámoslo claramente, es una de las peores películas vistas en esta y en unas cuantas ediciones pasadas del festival -incluso hay por ahí quien afirma que es la peor película que ha visto nunca-. Quizás no haya para tanto, pero ya saben aquello de que cuando el río suena… La verdad es que no hay demasiado por donde coger la cinta: no se sostiene ni argumental ni interpretativamente, ni a nivel de realización, ni en cuanto a efectos especiales y mucho menos en cuando a estructura, dividida en cuatro actos, como intentó explicar -o mejor, justificar- uno de sus realizadores presentes en el certamen.

Sorprende que llegara precedida con la etiqueta de una de las películas más terroríficas del año en la Índia, porque no provoca apenas miedo. Tampoco el más mínimo interés por la trama o sus personajes, un grupo de adolescentes indios salidos que buscan un lugar para montérselo y acaban en un centro comercial cerrado donde conocerán a dos ancianos -en realidad vampiros caníbales- que les invitarán a jugar a un juego de mesa que resultará ser diabólico.

Pese a la idea de partida y algunas acertadas escenas gore, anecdóticas y muy breves, el resto del film hace aguas por todas partes, errores incluidos -no sabemos si intencionados- y culmina negativamente con un inacabable e insufrible flashback explicativo con una irritante voz en off, y un desenlace irrisorio que sabe a broma pesada y a noventa minutos perdidos. No lo hagan. No la salva si su exotismo.

'Jeruzalem', el cine israelí alza el vuelo.

‘Jeruzalem’. Fuente: www.ynetnews.com

Por último, la israelí Jeruzalem , de Doron Paz y Yoav Paz, se presentaba con un planteamiento, a priori, interesante, abordando también lo diabólico aunque en una localización inusual como es Jerusalem. Apoyada en una cita bíblica que afirma que una de las tres puertas del Infierno se sitúa en esta ciudad, la cinta nos revela enseguida su formato propio del subgénero found footage, eso sí, con la acción filmada a través de un objeto inédito hasta ahora como las Google Glass, cuyo uso resulta más justificado y menos forzado que el de la ubicua cámara doméstica.

Técnicamente notable y con un punto entrañable, el resultado contiene buenas ideas aunque tarda en arrancar y va adquiriendo un tono demasiado impersonal, quedándose en una inverosímil rareza que mezcla la muy trillada cámara subjetiva con más fantasía que terror.

Texto: David Sabaté

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