‘Star Wars. El despertar de la Fuerza’: espectáculo, emoción y sustancia

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El Halcón Milenario, el trozo de chatarra más cool de la Galaxia. Fuente: wall.alphacoders.com

Star Wars. The Force Awakens (2015). Dir: J.J. Abrams

Pocas veces tiene uno la oportunidad de enfrentarse a un acontecimiento fílmico de esta envergadura totalmente (o casi) virgen. El secretismo alrededor de la nueva entrega de Star Wars ha funcionado, elevando de forma exponencial curiosidad y nerviosismo conforme se acercaba el día D marcado en todos los colores posibles en millones de calendarios.

Las expectativas estaban por las nubes (aún queriendo ser cautelosos): Abrams nunca falla y en esta ocasión tampoco ha defraudado, ni a sus seguidores ni a los fans de la saga, algo a priori bastante complicado. Para estos últimos (pero no solamente, como ya hizo con su revisión de la franquicia Star Trek), parece especialmente diseñada esta El despertar de la Fuerza que hace fiel honor a su título: dos horas generosas de entretenimiento puro, sentido de la aventura, reencuentros, emoción y pura magia cinéfila.

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Escuadrón de stormtroopers listo para el asalto. Fuente: collider.com

Quienes hayan crecido con la saga obtendrán una ración extra de sentimientos, experimentando un retorno a casa -como el de Han Solo y Chewbacca, como ya avanzaba el trailer- capaz de erizar el vello y devolverte esa mirada ingenua y sin vicios adquiridos de la niñez; aquella que te permite entregarte sin complejos al sentido de la maravilla y la aventura, y dejarte llevar por un carrusel visual, argumental, lúdico y emotivo diseñado hasta al más mínimo detalle para conseguir lo que consigue: revivir la emoción de la trilogía original de George Lucas, dejando -aún más- en evidencia el desacertado acercamiento a la historia de los episodios I, II y III.

El diseño de producción de El despertar de la Fuerza resulta impecable, más adulto y acorde a los tiempos; la integración de marionetas, maquillaje y efectos especiales artesanales y digitales funciona y dota el conjunto de un encanto especial; el ritmo se mantiene constante y con pulso, en paralelo al interés por la historia; y los personajes son cuidados con detalle y aprecio.

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BB-8, roba planos profesional. Fuente: screenrant.com

Abrams y el guionista Laurence Kasdan -firmante del libreto de la trilogía de los setenta y ochenta- han querido situarles en el centro de la acción, tanto a los clásicos –Han Solo retiene su aura y personalidad pero ha cambiado, marcado, como Leia, por un suceso del pasado-; como a los nuevos: más que convincente John Boyega como Finn, el stormtrooper desertor; carismático el experto piloto Poe Dameron, encarnado por Oscar Isaac; y, en especial, Daisy Ridley, toda una sorpresa en la piel de Rey, una suerte de Furiosa de la última Mad Max, con la que el tramo inicial de la cinta en el desértico planeta Jakku -muy Tatooine- guarda ciertas similitudes.

Las primeras escenas con los restos de los destructores imperiales estrellados y semi enterrados en las dunas contienen algo de la estatua de la libertad del final de El planeta de los simios, aunque también de la inhóspita y solitaria inmensidad de los vertederos del arranque de WALL·E. La referencia no es gratuita: BB-8, el androide esférico roba planos -en todos los sentidos- y uno de los grandes aciertos del conjunto, tiene algo, también, de la pareja de robots de ese clásico moderno de Pixar, además de protagonizar algunas de las escenas más divertidas del pack (con el permiso de Chewie).

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Kylo Ren, malvado con luces y sombras. Fuente: huffingtonpost.com

El único pero que podemos encontrarle a la película es su excesivo mimetismo con las tres entregas originales de la saga. Aquí hallamos la mayoría de sus ingredientes: el androide portador de un mensaje; el conflicto familiar -no daremos más detalles-; la guerra abierta entre Imperio -esa impactante estampa nazi en su nueva base de operaciones- y Rebeldes, convertidos en La Resistencia; un nuevo malvado, enmascarado y de riguroso negro, con cicatrices internas y nada plano -convincente Adam Driver en la piel de Kylo Ren-; y, por supuesto, La Fuerza.

Abrams maneja todos esos ingredientes con soltura y conocimiento de causa, no cabe duda, aunque en algún momento parece temer salirse de los cánones marcados por el propio universo creado por Lucas, haciendo un par de auto homenajes que acercan la cinta al reeboot: la escena de la taberna, con toda su fauna, eso sí, muy lograda, realista y orgánica -poco ordenador-; y el método empleado para destruir la nueva y más grande Estrella de la Muerte.

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Chewie y Han Solo vuelven a casa por Navidad. Fuente: telegraph.co.uk

Un peaje que impide a esta nueva entrega dotarse de un sello diferencial y una entidad genuinamente propias sin por ello eclipsar la grandeza del conjunto ni el sentido de la imaginación, el pulso y el estilo desplegados por el director de Super 8. Como ejemplos, la batalla del segundo acto en el bosque junto al lago, con esa panorámica que sigue en paralelo las luchas terrestre y aérea; el primer tercio en el desierto o el enfrentamiento con espadas láser en la nieve.

El abierto y épico final dota aún de mayor sentido este gran reinicio y continuación a partes iguales, espectacular puesta a punto y cruce de caminos entre antiguos y nuevos espectadores/fans/personajes.

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Rey, BB-8 y Finn, huyendo del fuego enemigo. Fuente: hitfix.com

Aunque lo más notable de El despertar de la fuerza es el amor que desprende no solo por la saga, sino por los códigos del cine de aventuras y fantasía, así como su capacidad de dotar de renovadas energías y posibilidades la cosmogonía, los arquetipos y los valores presentes en el adn de la mitología Star Wars.

La Fuerza vuelve a latir con intensidad de la mano del mejor equipo posible. Si no vibras con este episodio VII, puede que nunca la hayas sentido.

Texto: David Sabaté

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=sGbxmsDFVnE&w=600&h=338]

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