David Bowie. ‘Blackstar’

Portada de 'Blackstar', de David Bowie. Fuente: store.davidbowie.com

Poco margen de tiempo nos dejó David Bowie para abordar su último disco, Blackstar, sin saber que teníamos entre las manos su trabajo póstumo. Tres cortos días tuvimos para adentrarnos en él sin saber que estábamos escuchando “su regalo de despedida”, como afirmó tras su pérdida su inseparable productor y amigo Tony Visconti. Sin embargo, no era difícil intuir que algo sucedía en la mente creativa y el ánimo del músico a tenor del cambio de tono y forma, muy evidentes respecto a su celebrado y sorprendente regreso de 2013 con The Next Day, de corte más vitalista y netamente rock; una sensación reforzada por unos sombríos videoclips que, si bien de entrada resultaban inquietantes, vistos ahora, días después de la triste noticia, resultan aún más duros y grotescos.

Si nos ceñimos a las canciones, nos encontramos con un artista inspirado, como casi siempre, y creativamente libre y arriesgado. La apertura con el tema título, ‘Blackstar’, descoloca y exige: una pieza de cámara extraterrestre con arreglos electrónicos y coros de otro mundo que se despliega a lo largo de diez minutos y que incluye numerosas capas y recovecos, entre las que destaca el más melódico y accesible tramo central, con sentencias que cobran renovado significado (“Something happened on the day he died/Spirit rose a metre and stepped aside/Somebody else took his place, and bravely cried: I’m a blackstar”).

La apertura nos da pistas de lo que seguirá. Estamos ante un disco extraño y en ocasiones críptico (aunque sin llegar a las cotas de hermetismo del Scott Walker reciente); una obra triste y sombría, sí, aunque también serena y bella. La banda de jazz que acompaña al cantante se desenvuelve a menudo entre una densa atmósfera, y en temas como ”Tis a Pity She Was a Whore’ resulta fácil imaginárnosla en el club nocturno de una película de David Lynch, envuelta en una bruma etérea, irreal y onírica que entronca con temas pretéritos como ‘I’m Deranged’ y su piano dislocado, extraída de su infravalorado Outside y apertura de la banda sonora de Lost Highway. 

Tras ella llega la estremecedora ‘Lazarus’, corazón del disco y la pieza más memorable del conjunto: un medio tiempo pausado y revelador con una sección de viento con ecos a Morphine que deja algunas de las sentencias más sentidas y punzantes de Blackstar (“Look up here, I’m in heaven/I’ve got scars that can’t be seen/I’ve got drama, can’t be stolen/Everybody knows me now”) y que, junto a ‘Where Are We Now?’, ejemplifica la excelencia creativa de Bowie en sus últimos años.

El viaje prosigue con un díptico crepuscular: ‘Sue (Or in A Season of Crime)’ se edifica sobre un esqueleto breakbeat que enlaza con su pretérito Earthling, salpicado por saxos fantasmales; mientras que la oscuridad sigue reptando en el oscuro downtempo de ‘Girl Loves Me’.

Pero Bowie nos reserva una tercer acto ascendente: la melancólica ‘Dollar Days’ encara la recta final del disco con una luminosa combinación de guitarra acústica y líneas vocales estremecedoras (“Don’t believe for just one second I’m forgetting you/I’m trying to/I’m dying to”). La emoción vuelve a hacer acto de presencia, sin remedios ni excusas. Su ochentero solo de saxo se funde con el sincopado ritmo de la última de las siete canciones del disco, una ‘I Can’t Give Everything Away’, musicalmente en sintonía con ‘Heathen (The Rays)’, que sabe, ahora sí, a sincera y transparente despedida, desoladora pero esperanzada. Versos como “This is all I ever meant/That’s the message that I sent/I can’t give everything away” se repiten en esta íntima y ensoñadora carta abierta a la que es imposible no rendirse.

Blackstar podría abordarse como una obra sin contexto y seguiría siendo un disco soberbio. Pero resulta que, como en cualquier creación, aunque en este caso con mayores motivos, no puede disociarse de su entorno y condición, y ello es lo que la convierte, precisamente y muy a nuestro pesar, en una obra genuinamente especial. Con ella, Bowie nos manda su adiós desde aquél lugar intangible y mágico al que siempre pareció pertenecer. Una conmovedora despedida que, como el resto de su legado, nunca olvidaremos.

Texto: David Sabaté

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Goliath Is Dead

Goliath Is Dead es un blog centrado en el rock alternativo y el metal en todas sus vertientes, así como en el cine de género (fantástico, terror, serie B) y las películas de culto. También nos inspiran el artwork y los libros.
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