‘Cafe Society’: un Allen romántico captura la esencia del desamor

Cafe Society, de Woody Allen

Kristen Stewart y Jesse Eisenberg, en plan Linklater. Fuente: nofilmschool.com

Hay críticos (y sectores del público) muy cansados de Woody Allen. Y hay muchos otros, entre los que me incluyo, cansados de los críticos y espectadores cansados. No se puede negar que la hiperactividad fílmica reciente de nuestro neurótico hipocondríaco preferido -una película por año- ha ido acompañada de una aparente -a menudo indiscutible- rebaja de su calidad: desde el consenso generado por el brillante drama con tintes de thriller Match Point, Allen parece haberse instalado en la sombra de su propia obra, recreándose en el eco de sus mejores logros pretéritos.

Ni Cassandra’s Dream (un intento de repetir la exitosa ecuación genérica de la citada Match Point) ni la sucesión de comedias románticas con toques dramáticos, entre las que destacan la naíf y por momentos mágica Midnight in Paris o la entrañable Magia a la luz de la luna, han conseguido que saliéramos del cine sin poder reprimir el aplauso. En ambas reverbera el encanto del Allen más inspirado, pero no acaban de despegar. Lo mismo sucede en dramas menores como Melinda y Melinda o Blue Jasmine, inicio de cierta recuperación, así como la reciente y notable Irrational Man -otra vez la conexión con Match Point-.

Y así llegamos al presente, a esta, para algunos, banal historia que redunda en los mismos temas de siempre, que es de todo menos banal y que ofrece una mirada más lúcida y honda de lo habitual a las constantes fílmicas del autor de Annie Hall.

Cafe Society, de Woody Allen

Blake Lively en ‘Cafe Society’. Fuente: www.cinemanet.info

Volvemos a encontrar aquí, por supuesto, un triángulo amoroso -¿qué otra fuerza moviliza de forma más irracional al ser humano?-, pero funciona mejor y de forma más creíble que antaño; los actores que lo encarnan brillan en su frescura y visible libertad -casi improvisada-, con un Steve Carell, Oscar al mejor actor por Foxcatcher, magnífico -la eterna duda y la ensayada cara de pena de su personaje resultan patéticamente reconocibles y graciosas- y un Jesse Eisenberg que hace próximo y real a su “pardillo” con ganas de escalar en el Hollywood de los años treinta.

En medio de ambos, una resplandeciente Kristen Stewart, en parte por la onírica y melancólica fotografía anaranjada de eterna puesta de sol, pero también por su frágil y poderoso atractivo apoyado en una interpretación espontánea y vital. De su boca salen algunas de las críticas más explícitas a la meca del cine y a sus postizos integrantes, tan preocupados por sus apariencias, lujos y posiciones en el negocio del celuloide como vacíos y profundamente infelices.

'Cafe Society', de Woody Allen

Steve Carell. ‘Cafe Society’. Fuente: midrangenice.tumblr.com

Más sutil resulta su ataque a la industria de los sueños cuando la contrapone con una trama mafiosa en la que reflejarse; aunque la verdadera crítica llega al mostrarnos a dos de sus protagonistas desencajados al verse mútuamente convertidos en todo aquello que detestaban en su ingenua, idealista y soñadora juventud. La brillante escena del amanecer en el puente, con Allen siendo Allen pero incorporando algo del mejor Linklater, sobrecoge y emociona por sencilla, bella y sincera.

El realizador se ríe seriamente de todo ello, así como de las convenciones judías -y de sí mismo- en varias ocasiones, aunque si un sentimiento predomina bajo el barniz de glamour, los acordes de jazz pizpireta y la apariencia de comedia ágil y despreocupada, es el de la tristeza y profunda añoranza de tiempos pasados; no tanto por una época determinada -como en Midnight in Paris, que también-, sino con el foco puesto en un amor imposible que naufragó por razones que la distancia juzga equivocadas, pero que nunca ha querido hundirse del todo.

Texto: David Sabaté

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