‘Raw’, adiós a las dietas

Garance Marillier en 'Raw', de Julia Ducournau

Garance Marillier en ‘Raw’, de Julia Ducournau. Fuente: vulture.com

Grave (Rawse había vendido en determinados círculos como la película que provocó algún que otro desmayo en el festival de Toronto. Titulares sensacionalistas que podrían eclipsar –sucede a menudo- las cualidades de una propuesta potente, sugerente y tremendamente personal; una de las joyas del horror dramático de la presente edición del Festival de Sitges que, por suerte, no ha pasado desapercibida por crítica y público ni ha quedado ensombrecida por el injusto amarillismo con el que, reiteradamente, abordan este tipo de propuestas algunos medios generalistas, obligados a buscar lo “noticiable” fuertemente condicionados por imágenes o anécdotas.

Lo cierto es que Grave es una propuesta de materia prima radical; estilizada y siniestramente bella en su textura, iluminación y puesta en escena; e inteligente en su hondura temática sin caer en lo pretencioso. Su programación el mismo día que Tenemos la carne parecía patrocinada por alguna asociación pro vegana; ¿habrá tenido alguna relación con la visita, la misma jornada, del vegetariano militante Rob Zombie?

'Raw (Grave)', de Julia Ducournau

‘Raw (Grave)’, de Julia Ducournau. Fuente: www.wildbunch.biz

La opera prima de Julia Ducournau (Premio Citizen Kane a la Mejor Dirección Novel) cuenta la historia de Justine, una adolescente a las puertas de la edad adulta, a la que se asoma al entrar en la Universidad de Veterinaria: un mundo nuevo de promesas y experiencias, pero también de presión –su expediente académico quita el hipo y eso parece puntuar a la baja entre compañeros e incluso algunos profesores-. Un entorno despersonalizado y alienante, casi onírico, que la realizadora dota de pretendida irrealidad, con sus propias reglas y condiciones.

Todo ello ejerce de caldo de cultivo idóneo para el conflicto y de entorno proclive para el despertar sexual, que puede ser lo más bonito y excitante del mundo o, como bien contaba Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010), algo tremendamente traumático, especialmente para alguien tan cerebral y antisocial como las protagonistas de ambas películas.

'Grave' ('Raw')

‘Grave’ (‘Raw’). Fuente: www.elhype.com

La eclosión hormonal, sin embargo, viene acompañada de otras consecuencias: vegetariana militante –como casi toda su familia-, Justine se verá obligada a comer carne como parte de las novatadas iniciáticas universitarias, lo que desencadenará en ella un voraz apetito de carne cruda y, sí, también de carne humana. Aunque no corran todavía: Grave huye del gore, muestra pero no se recrea, y genera mayor malestar por lo que sugiere que por el primer plano. La jugada de Ducournau resulta hábil y efectiva: construye un buen personaje con el que empatizar y, una vez estás de su lado, no te queda más remedio que acompañarlo en su calvario personal.

Dejando a un lado ciertos guiños implícitos –¿intencionados?- a Carrie, El padrino –ese mal despertar, aunque sin cabeza de caballo- o Polanski, Grave cuenta con un guión consistente y rico en dobles lecturas al que debemos sumar una fotografía portentosa, una interpretación digna de premio a cargo de una enigmática Garance Marillier, y un trasfondo dramático, familiar y vital que cuenta más de lo que parece contar y que aleja la cinta a años luz de lo anecdótico. Uno de los títulos más interesantes de Sitges 2016 y merecido Méliès d’Argent a Mejor Película Europea.

Texto: David Sabaté

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