‘Rogue One: Una historia de Star Wars’, héroes por un día

Rogue One: Una historia de Star Wars

‘Rogue One: Una historia de Star Wars’. Fuente: screenrant.com

“I’m one with the Force and the Force is with me” (soy uno con la Fuerza y la Fuerza está conmigo). Esta frase, repetida cual mantra en Rogue One, ejemplifica con bastante fidelidad lo que este primer spin-off de la saga representa: una apreciable y bienvenida variación tonal respecto a las otras siete entregas de Star Wars, aunque sin abandonar los reconocibles rasgos del universo ideado por George Lucas hace cuatro décadas.

Tras la vibrante y excelente revisión del molde original, aunque muy limitada por el mismo, que supuso Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015, J.J. Abrams), Rogue One respira mayor frescura y libertad que aquella, una deshinibición que le permite transitar por el perímetro de lo acotado hasta la fecha por la franquicia para ofrecernos un acercamiento más adulto y oscuro a una historia que pedía a gritos un retrato más trágico y pesimista: la misión suicida de un improvisado escuadrón de los rebeldes para robar los planos de la Estrella de la Muerte que permitirán a la Alianza destruir la base del Imperio en La guerra de las galaxias.

En ese sentido, a Rogue One le cuesta arrancar en una primera mitad algo fragmentada, pero cuando logra recomponerse y redirigir el rumbo, como el Halcón Milenario tras sus habituales fallos iniciales de propulsor, acelera bien engrasada y despliega sus mayores virtudes en una espectacular segunda mitad repleta de acción y genuino sentido de la aventura.

Rogue One: Una historia de Star Wars

‘Rogue One: Una historia de Star Wars’. Fuente: nytimes.com

Cualquiera que haya crecido con Star Wars disfrutará de su tono inédito hasta la fecha, repleto de referencias cinéfilas a la propia saga, pero, en especial, al cine bélico clásico de títulos como Doce del patíbulo, El desafío de las águilas (la misión para rescatar a Galen Erso –Mads Mikkelsen– en un base construida en un acantilado) o incluso a Apocalipse Now en la batalla climática en un engañoso paisaje de paradisíacas playas.

Se echa de menos que la cinta cargue más las tintas en esta dirección, supuestamente limitada por Disney, pero su realizador Gareth Edwards, quien ya había dado muestras de talento en Monstruos y Godzilla, se maneja bien en el terrerno de la superproducción, demuestra nervio y buena planificación en las set pieces de acción (la emboscada en Jedha) y deja entrever el buscado pero no siempre perceptible sello autoral del que se pretende dotar a las nuevas entregas de la saga: ciertos aterrizajes, trazos y encuadres de los X-Wing cazas imperiales y AT-AT; o la devastadora pero poética explosión final, el corazón de un último tercio en clara sintonía con El retorno del Jedi. 

Rogue One: Una historia de Star Wars

‘Rogue One: Una historia de Star Wars’. Fuente: starwars.com

En el apartado de flaquezas, además del ya mencionado arranque expositivo, debemos situar la falta de carisma y entidad de unos personajes que podrían haber dado más de sí.

La cinta, cerrada en sí misma por imperativos de guión y por tratarse de un apéndice de La guerra de las galaxias original, no plantea el escenario óptimo para desarrollarlos todos como es debido, y parece querer suplir esa asimilada carencia con unas bien expuestas diferencias internas en los dos principales bandos en conflicto; pero que uno de los mejores miembros del reparto sea un androide sin facciones dice bastante al respecto.

También roban numerosos planos los inseparables Baze Malbus (Jiang Wen) y Chirrut Imwe (Donnie Yen), una suerte de samurai ciego, un Zatoichi galáctico nostálgico de la supuestamente extinta era Jedi.

'Rogue One: Una historia de Star Wars'

‘Rogue One: Una historia de Star Wars’. Fuente: americatv.com.pe

Por el contrario, los supuestos protagonistas Cassian Ando (Diego Luna) y Jyn Erso (Felicity Jones) no logran expandirse ni parecer creíbles ni, lo peor de todo, transmitirnos emoción, esta última eclipsada por el recuerdo demasiado cercano de la Rey de Daisy Ridley y por una relación paterno-filial, esta vez sí, algo forzada.

Entre unos y otros hallamos a Forest Whitaker -cuyo biónico personaje podría figurar en la última Mad Max- o el logrado papel de Ben Mendelshon en la piel del comandante Orson Krennic, desbordado y sometido a una enorme presión por parte de sus superiores.

Ello nos lleva a la reaparición del icónico Darth Vader en una apabullante escena digna de su legado, enmarcada en unos minutos finales que dejan sin aliento y que nos permiten abandonar el cine con una sensación de remontada épica y con la esperanza puesta en los episodios VIII y IX: Rian Johnson y Colin Trevorrow, que la Fuerza os acompañe. O, si lo preferís, que esté con vosotros.

Texto: David Sabaté

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