‘Life’, el séptimo pasajero

Jake Gyllenhaal en 'Life'

Jake Gyllenhaal en ‘Life’. Fuente: collider.com

Nos quejamos de la falta de imaginación que la industria hollywoodiense viene arrastrando desde hace ya unos cuantos años; del abuso de secuelas, remakes, reboots spin-off, y del saqueo de historias procedentes del cómic, los videojuegos y, en el mejor de los casos, novelas y series de televisión. Pues esperen, que aún hay más: nos dejamos otra categoría, aquella que se alimenta del imaginario y el tipo de argumento visto antes –y con mejores resultados– y que, sin confesar abiertamente la referencia, la recubre de un barniz actualizado y salpicado de cuatro apuntes actuales.

Life (Vida), como habrán imaginado, pertenece a esta última tipología de títulos. Y es que presentar a un grupo de astronautas encerrados en una claustrofóbica nave –”un submarino en el espacio”, ha apuntado su director, el sueco Daniel Espinosa (Dinero fácil, El invitado)– con una letal forma de vida alienígena como compañera de viaje no puede remitir a otra cosa que a Alien, el octavo pasajero (1979, Ridley Scott). Un referente mayúsculo con el que resulta intimidatorio y contraproducente medirse –a no ser que seas el propio Scott… y aún así miedo nos da su inminente Alien: Covenant–.

Teniendo clara esta premisa, uno ya no espera mucho de entrada. Entretenimiento, en el mejor de los casos. Y eso es justo lo que Life ofrece: una hora y cincuenta minutos que pasan bastante más rápido que la media, gracias, en parte, a una tensión sostenida que va penetrando bajo la epidermis para consumirnos como el logrado alien, quien absorbe a sus víctimas desde el interior, de pequeño, o bien abrazándolas, hasta aplastarlas, a medida que se hace mayor.

Entretenimiento, tensión y asfixia

Entretenimiento más tensión se suman a unos cuidados diseño de producción, fotografía y efectos especiales, algo que se le presupone a cualquier producción de esta envergadura pero que podría no ser así. También cuentan como punto positivo los esforzados intentos del guión de Rhett Reese y Paul Wernick por dotar de verosimilitud el relato, con esa Estación Espacial Internacional como una suerte de extensión de la ONU ciberespacial; la trascendencia científica del hallazgo de vida extraterrestre, de gran actualidad; o apuntes graciosos como los del nombre de Calvin con el que una niña bautiza al extraño ser durante una conexión televisada en directo con la estación bastante antes de que las cosas se pongan feas.

También resultan acertados algunos otros detalles, como la omnipresente ingravidez, en especial cuando la sangre fluye y se dispersa por el aire en forma de múltiples gotas y brochazos casi pictóricos suspendidos en el espacio tiempo. Ah, y el final, junto con la destrucción de parte de la nave, claramente deudor de Gravity, aunque más ruidoso –aquí el espacio sí propaga el sonido–.

Aún así, hay algo que no acaba de funcionar. Pueden ser las transiciones algo bruscas de tono o lo forzoso de alguna escena –hay una bastante estridente en la que, de forma sonrojantemente gratuita, un libro aparece flotando ante el personaje de Jake Gyllenhaal para que éste pueda hablar sobre su niñez–.

Tampoco los personajes están que digamos muy desarrollados, ni los actores, en consecuencia, con Ryan Reynolds y Rebecca Ferguson a la cabeza, parecen creérselos demasiado, lo que desemboca en una escasa capacidad para implicarnos con ellos. Llega a darnos un poco igual, como espectadores, si la tripulación muere o no. Y esa no es una buena señal. Una lástima para una película que arranca bien y va perdiendo fuelle a pesar de mantenernos, eso sí, pegados a la butaca y hacernos salir de la sala deseando que las sondas que actualmente exploran Marte y alrededores no vengan con buenas noticias demasiado pronto.

Texto: David Sabaté

Author

David Sabaté

Periodista cultural, colaborador de Mondo Sonoro desde 2001 y apasionado del cine, los libros y la música. Ha pasado por medios como El Periódico de Catalunya, Rockzone o Catalunya Ràdio. Filias: David Bowie, Black Sabbath, John Carpenter y el Festival de Cine de Sitges, al que acude desde que tiene memoria.
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