‘Blade Runner 2049’, distopía poética y desoladora

Blade Runner 2049

Ana de Armas y Ryan Gosling en ‘Blade Runner 2049’. Fuente: pop.inquirer.net

Teniendo en cuenta la cantidad de remakes, reebots, precuelas, secuelas y spin offs mediocres que inundan regularmente nuestras pantallas, hablar de Blade Runner 2049 en los mismos términos resulta totalmente injusto. Debemos situar, sin duda, esta secuela al lado de segundas partes con capacidad de mirar de tú a tú a sus predecesoras, caso de Aliens: El regreso (1986) o Terminator 2 (1991), ambas de James Cameron, aunque huyendo conscientemente de su concepción hollywoodiense. Una de las mejores pruebas de ello es la renuncia al ritmo acelerado y a la acción sin límites habituales en los blockbusters al uso, reducida aquí a lo anecdótico en favor de la atmósfera, el cromatismo y las sensaciones. Aspecto criticado, junto al largo metraje, por parte de una audiencia que olvida que Blade Runner (1982, Ridley Scott) poseía un pulso y naturaleza similares.

De la misma forma, la cinta de Denis Villeneuve (The Enemy, La llegada) recoge el guante veinticinco años después con un planteamiento que respeta al original pero huye de la copia o la reverencia inmobilista para expander sus ideas argumentales. Un punto a favor, sin duda, que se apoya en otros aspectos, desde el cuidado diseño de producción, minimal, detallista y espectacular a un mismo tiempo; a la impresionante fotografía, entre los grises y azules húmedos y urbanos al polvoriento naranja de una Las Vegas postapocalíptica, y que ya ha provocado que Roger Deakins empiece a sonar para los Oscar.

La mezcla de ciencia ficción y noir vuelve a liderar un relato que avanza de forma hipnótica entre la plasticidad y la imponente banda sonora de un Hans Zimmer a caballo entre Wagner, el electro y los Vangelis de la cinta de Scott. Un envoltorio lujoso pero contenido al servicio de una emoción que transita entre la tristeza, el pesimismo y el abandono, y que reincide en los planteamientos metafísicos de Blade Runner acerca de la inteligencia artificial. En este terreno, Villeneuve nos brinda justamente algunos momentos especialmente poéticos y delicados, como los protagonizados por Ryan Gosling y su amor artificial (una suerte de Her visualmente corpórea, con las facciones de una Ana de Armas convetida en holograma). Su sensual superposición con una chica real, en un perturbador y sugerente juego de espejos, es ya una de las escenas memorables del filme (y del año). Como también lo es la pelea en el hotel de la citada Las Vegas, enmarcada en un enrarecido bucle de imágenes de Elvis y Marylin que recuerdan lo que fue y ya no es.

En el apartado actoral, Ryan Gosling se muestra a menudo inexpresivo, una limitación que, aquí sí, concuerda con su papel, y que palidece ante un Harrison Ford que nos sorprende con un primer plano de emoción sincera; el antagonista de la función, el creador Niander Wallace, con las facciones de Jared Leto, se sitúa en el límite de la sobreactuación, mientras que las interpretaciones femeninas se llevan la mejor parte: Robin Wright aparece poco pero eleva la media, Ana de Armas convence y Sylvia Hoeks destaca en el papel de Luv, replicante sin escrúpulos que retrotae a la Pris de Daryl Hannah.

Blade Runner 2049 no ha tenido ni tendrá el impacto de su antecesora; ninguna secuela, ninguna película podría conseguirlo: la primera incursión en el mundo de los replicantes es fruto de su tiempo y, paradójicamente, un claro ejemplo de cine avanzado a su época. Con todo, la cinta de Villeneuve logra sintonizar con su esencia y tono, al tiempo que conjura la pesadumbre de Hijos de los hombres (Alfonos Cuarón, 2006) y el cine en estado puro de Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015) para dar continuidad a los logros del clásico de Ridley Scott como hito de la ciencia ficción moderna.

Author

David Sabaté

Periodista cultural, colaborador de Mondo Sonoro desde 2001 y apasionado del cine, los libros y la música. Ha pasado por medios como El Periódico de Catalunya, Rockzone o Catalunya Ràdio. Filias: David Bowie, Black Sabbath, John Carpenter y el Festival de Cine de Sitges, al que acude desde que tiene memoria.
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