Sitges 50: ‘The Killing of a Sacred Deer’, demoledor drama familiar

'The Killing of a Sacred Deer', de Yorgos Lanthimos

Nicole Kidman y Colin Farrell en ‘The Killing of a Sacred Deer’, de Yorgos Lanthimos. Fuente: collider.com

THE KILLING OF A SACRED DEER (Yorgos Lanthimos, 2017)
Oficial Fantàstic – Sitges 2017

Demoledor drama familiar contra la podredumbre moral burguesa

Asistir a una proyección de Yorgos Lanthimos sin conocer su particular visión del cine y de la vida puede resultar aún más traumático. Y digo “aún más” porque las propuestas del realizador griego nunca han sido amables, predecibles ni fáciles de ver –y mucho menos, de asimilar–. Tras el marciano planteamiento de Langosta (The Lobster, 2015), en la que Lanthimos mostraba una residencia-prisión para solteros que se convertían en el crustáceo del título si en una plazo preestablecido de tiempo no encontraban pareja, una irónica y salvaje parábola sobre las imposiciones sociales y el miedo y la incomprensión de la soledad, su nueva cinta parece algo más convencional. De hecho, lo es: aquí, como en aquella, no hay abstracciones ni premisas surrealistas colindantes con el género fantástico, pero The Killing of a Sacred Deer es de todo menos convencional.

Desasosegante mezcla de thriller y drama familiar con claros tintes de terror, elemento que la acerca por momentos al Haneke más perturbador, lo que más llama la atención, de entrada, es el asombroso dominio escénico y la poderosa fotografía del filme: la luz casi celestial de algunos momentos parafrasea a Kubrick y dota muchos encuadres de un tono onírico e irreal; mientras que los travelling picados sitúan al espectador por encima de los protagonistas, en una atalaya privilegiada desde la que marcar distancias y sugerir cierta noción de juicio divino sobre sus acciones.

Otro elemento revelador de la historia es su manera de mostrar la desnaturalización de las relaciones humanas, ya sea entre el protagonista, un impertérrito cirujano –Colin Farrel, que repite con Lanthimos tras Langosta–, y sus compañeros en el hospital donde trabaja; con su familia (su fría esposa, una notable Nicole Kidman que simula yacer anestesiada para excitar a su marido); o con un adolescente errático cuyo rol genera gran inquietud y numerosas preguntas al espectador durante la primera mitad del metraje. Todo resulta extraño y paradójicamente cercano; exagerado pero al mismo tiempo familiar. La manera de hablar de todos sus personajes, monótona y carente de emoción, responde más bien a la de un autómata o robot, en una clara declaración de principios que logra incomodar y crispar.

No se puede desvelar nada más de una trama que ya forma parte del reconocible estilo de Lanthimos pero que adopta aquí nuevas e interesantes formas. De fondo, una retorcida crítica a la podredumbre moral de cierta burguesía, aparentemente modélica y feliz; así como a la impunidad de ciertos sectores sociales –en este caso el médico–, cuyo corporativismo, en ocasiones, oculta negligencias médicas mortales. Un alegato terrorista contra las convenciones, la corrección política y el núcleo duro de la sociedad acomodada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *