In-Edit 2017: ‘Eagles of Death Metal: Nos Amis’, catarsis rock contra el horror

Eagles of Death Metal: Nos Amis

‘Eagles of Death Metal: Nos Amis’. Fuente: in-edit.org.

EAGLES OF DEATH METAL: NOS AMIS (Colin Hanks, 2017)

Minutos antes de su proyección, Cristian Pascual, director del Festival In-Edit, justificaba la elección de este título para clausurar la presente edición del certamen por tratar un tema global y cercano como el terrorismo islamista en un año en el que Barcelona, sede del festival, se ha visto sacudida por el horror. Un testimonio universal y necesario sobre el poder sanador y catártico de la música, y, en especial, de la insobornable transmisión de energía y vínculos emocionales entre banda y público y viceversa.

Habrá bastantes personas que se hayan acercado a este filme sin haber escuchado un solo tema de Eagles of Death Metal, su banda protagonista, pero muy pocas o ninguna que desconozcan lo que ocurrió hace ahora dos años, en noviembre de 2015, en la Sala Bataclan de París. Con el audio de ese concierto y un fundido a negro arranca este documental que va más allá de la música, pero que empieza explicando el origen y evolución de una banda de rock y su cantante, Jesse Hughes: un frontman muy a su pesar, un líder sin capacidad de liderazgo y un tipo tímido sin madera para impulsar un grupo de músico con maneras lúdicas y bailables y alma de banda de rock de estadios.

La transformación de Hughes marca lo más interesante del primer tramo de la cinta: empieza siendo un tipo introvertido y apocado, amparado bajo el manto protector de uno de sus pocos amigos, Josh Homme, una mezcla de hermano mayor, mentor musical y guardaespaldas improvisado –su primer encuentro-rescate en una fiesta, donde Hugues estaba siendo acosado–; pero pronto descubrirá su poder interior, la llamada del rock, y su misión en la vida: coger las riendas de una banda de éxito mundial. Suena exagerado, pero así aparece en pantalla, mientras lo caricaturesco adquiere verdad.

Hasta que irrumpe el horror. Un célula de Estado Islámico masacra a 90 personas que asistían a uno de sus conciertos en París y todo cambia para Hugues, para el grupo, para sus fans y los fans de la música en directo, y para la sociedad en general. Hugues, que nunca estuvo emocionalmente entero, se desmorona y asistimos a su derrumbe en tiempo real. El trauma y el dolor afloran en sus recuerdos y palabras, y resulta difícil no caer en lo melodramático sin parecer inmune a la barbarie. Su testimonio acongoja, los detalles de esa noche asombran por mucho que uno los escuche una y otra vez, y, tras el duelo, nunca superado, las piezas se recomponen de alguna forma para culminar en un emotivo concierto de reunión-homenaje a las víctimas en la misma ciudad, terminando el concierto –y el ciclo– truncado  dos años atrás.

El documental transita en difícil equilibrio entre la incredulidad por lo vivido, el dolor, la rabia y el profundo sentimiento de culpabilidad e impotencia de los músicos. Eso sí, pasa de puntillas por el encendido discurso pro armas del propio Hugues, quien, en una entrevista televisada en directo, llega a afirmar que “si las víctimas hubieran podido llevar armas como en Estados Unidos, se habrían podido defender”–. Una sentencia que, más allá de ideologías, ejemplifica el frecuente divorcio entre impulsividad emocional y análisis racional; una lectura errónea de un problema complejo y global y la revelación de la naturaleza ambivalente del ser humano, no siempre capacitado para procesar aquello (casi) imposible de procesar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *