‘Un lugar tranquilo’, silencio o muerte

Un lugar tranquilo. Emily Blunt

Emily Blunt en una escena de ‘Un lugar tranquilo’. Fuente: lifeboxset.com.

Precedida por un hype de manual alimentado por frases de las que es mejor huir como “la película de terror más esperada de la temporada”, Un lugar tranquilo parecía condenada de antemano a convertirse en bluf, en otro pretencioso artefacto indie, en otra medianía sobrevalorada. Pues bien, probablemente no sea la obra maestra que algunos afirman, pero la cinta de John Krasinski, como Déjame salir en 2017, es una de las mejores cintas de género de lo que llevamos de año. Por varias razones.

La primera: por su condición de propuesta a contracorriente, algo reflejado desde el minuto uno en su atrevimiento formal, un ejercicio de estilo elegante y sutil que se retroalimenta de su premisa: la de una sociedad postapocalíptica y silenciosa en la que cualquier ruido puede significar la muerte. Ello convierte los pasos de la familia protagonista en un deambular sin apenas diálogos en el que los silencios –incómodos y eternos– generan una tensión palpable y sostenida que invade el patio de butacas en un enervante juego de espejos.

La segunda: por su aroma clásico que conjura tanto el cine mudo como a Hitchcock y Spielberg o el más reciente Shyamalan de Señales. En este sentido destaca su ejemplar construcción de la tensión en escenas como la del sótano, un aparente homenaje a La guerra de los mundos, o en la construcción spielbergiana de las relaciones familiares. Estas nos llevan a la tercera de las razones que engrandecen la película: las interpretaciones. El propio Krasinski, también director y guionista de la cinta, resulta un padre tan atormentado como creíble, pero es Emily Blunt quien destaca como heroína vulnerable obligada a defender a muerte a su familia.

Finalmente, hallamos una cuarta razón que eleva Un lugar tranquilo por encima de otras competidoras: su lectura más allá de las apariencias, lo que convierte su agorafóbico escenario campestre plagado de monstruos –paralelo al de Calle Cloverfield 10– en la alegoría perfecta de una sociedad uniforme, adocenada y políticamente ultracorrecta en la que tener una voz distinta o contravenir a la masa puede salirte muy caro.

Por todo ello se le perdonan a la cinta algunos detalles de guión resueltos algo a la ligera, como la precipitada decisión de uno de sus personajes principales. Aunque el verdadero enemigo de Un lugar tranquilo es parte de su público potencial. El mismo que, ante los prolongados silencios de la historia, y acostumbrado a propuestas más convencionales, opta por combatir la extrañeza rompiendo la intimidad y la atmósfera del filme, el leit motiv y valor central de la cinta –y de la experiencia de ver cine en sala– con todo tipo de reacciones y ruidos que bien justificarían que los monstruos saltaran de la pantalla para trocearlos en un abrir y cerrar de ojos.

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