‘Suspiria’, la danza de la muerte

Suspiria

SUSPIRIA (Luca Guadagnino, 2018)
Inauguración – Sitges 2018

Cuarenta y un años han pasado desde que Dario Argento presentase al mundo Suspiria, uno de los grandes títulos de culto de su filmografía y que acabó convertido en obra de arte pop, cuya influencia ha sido incuestionable para cineastas posteriores. Tras varios intentos por sacar adelante un remake, y teniendo en cuenta que la fiebre de las versiones contemporáneas de clásicos parecía haber entrado en letargo, parecía extraño que una película que venía a reversionar un título clásico fuese tan bien recibida desde que empezasen a salir a la luz las primeras imágenes y detalles sobre lo que nos iba a contar Luca Guadagnino en su visión personal de Suspiria.

Si en el film original la acción nos llevaba hasta el Friburgo de 1977, en esta ocasión la historia que ha escrito David Kajganich (autor de Invasión, de la serie de AMC The Terror y quien ya trabajó junto al realizador italiano en Cegados por el sol) nos traslada hasta el Berlín dividido del mismo año para contarnos una historia marcada por el ambiente político del momento. Este, pese a que pueda parecer demasiado impostado en la gran mayoría de sus incursiones (los noticiaros radiofónicos, la televisión y las portadas de la prensa escrita), tiene que ver directamente con algo que subyace en el fondo de esta nueva Suspiria.

Y ahí es donde nos encontramos con el principal elemento que juega en contra de una película que, a diferencia que la de Argento, pone todas las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Si en aquella la trama se convertía en algo repleto de incógnitas, en la que poco a poco se iban revelando los elementos de brujería que acabarían desvelando la mitología de las Tres Madres de Thomas de Quincey, en la propuesta de Guadagnino ellas se nos presentan como un culto de brujas con escisión ideológica en su interior, a modo de símil con el trasfondo político que sirve como marco temporal.

Tilda Swinton representará a la líder ideológica que vendrá a abanderar esa especie de empoderamiento femenino que parece estar presente en Suspiria, aunque de forma mucho menos sutil de lo que la propia historia demuestra y que podría haberse explotado. Lo mismo sucederá con un elemento que se dibuja de forma demasiado difuminada y que tendría que estar mucho más presente: el terror. Y es que pese a que Guadagnino nos regale algunas set pieces perturbadoras (el primer baile), parece que se preocupe más por recrearse en el aspecto político que en la creación de atmósfera, algo que no sería recriminable si de antemano, y por boca del propio realizador, no nos hubiesen hypeado avisando de que nos íbamos a encontrar con una de las experiencias más estremecedoras del año.

Por su parte, cabe destacar a una Dakota Johnson totalmente entregada a la causa (parte del hype también lo generó ella al confesar que tuvo que acudir a terapia después de lo que le supuso el rodaje a nivel personal), quien le toma el testigo a Jessica Harper como la nueva Susie Bannion, la cual se convierte en el cuerpo donde canalizarán todos los requisitos que el aquelarre requiere, a través de la danza. El baile, mucho más presente en esta que en la de 1977, será lo que conecte con esa entidad cuasi cósmica que será la Mater Suspiriorum, la cual no tiene nada que envidiar a la que Argento presentó al mundo.

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