‘Luz’, posesión extrasensorial

Luz, de Tilman Singer.

LUZ (Tilman Singer, 2018)
Noves Visions – Sitges 2018

En mitad de la noche, una joven chilena llamada Luz (Luana Velis) entra en una comisaría de policía. Supuestamente asediada por una entidad diabólica, el interrogatorio al que se verá sometida servirá como catarsis para que sus recuerdos y traumas del pasado afloren en un tour de force entre el bien y el mal.

Podríamos estar ante la enésima película sobre posesiones y exorcismos que nos llegan cada año. Lejos de todo lo que pueda imaginar aquel que no haya visto Luz, no es exagerado decir que la obra con la que Tilman Singer debuta como director de largometrajes es una especie de milagro rodado cual experiencia extrasensorial en el que destacan una serie de factores que convierten su minimalista puesta en escena (bien podría decirse teatral) en una pieza única que dialoga con el cine de género europeo producido en los setenta y las corrientes cinematográficas más experimentales de la actualidad.

Con un presupuesto estimado de unos veinte mil euros y rodada en 16mm, Singer viene a dar una (necesaria) vuelta de tuerca a las películas sobre poseídas, siendo esa escasez de recursos lo que ensalza al film cual experimento de horror que bien podría formar parte de la filmografía de Philippe Grandrieux. Queda patente la inteligencia con la que el director presenta todas las piezas para conformar Luz, ese puzle a base de recuerdos, reconstrucciones de los hechos y lucha dialéctica entre el bien y el mal que juega en la liga de propuestas más radicales que se han podido ver en pantalla y que ya le valió sus merecidos reconocimientos en el Fantastic Fest de Austin, donde fue galardonada con el Premio del Jurado y una mención especial a su director dentro de la sección Horror Features en la que fue presentada.

Es incontestable hablar de ella como claro ejemplo de pieza underground, con la que Singer viene a dejar clara su personalidad propia ante un género que sigue necesitando de visiones arriesgadas y originales como la suya, la cual viene a ser un ejemplo de vanguardia, como si de una obra perdida de la Factory de Andy Warhol se tratase si esta hubiese tenido sede en el Berlín dividido donde Zulawski rodó La posesión. Por si fuera poco, Luz no solo se atreve a convertir su minimalismo en su máxima baza, sino que deja para la posteridad algunas de las secuencias más brillantes que ha dado el reciente cine de terror (el taxi imaginado, la infancia en el internado). Un tipo de propuesta que sigue dejando claro que nunca hay que darlo todo por hecho y que incluso de la más explotada y vista de las premisas pueden nacer ejemplos que remuevan el género, aunque sea a través de un film de espíritu arty que, de haber sido rodado décadas atrás, ya tendría la etiqueta de título de culto con la que está destinada a ser reconocida en un futuro no muy lejano. Nunca has visto nada igual.

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