‘Utøya. 22 de julio’, contra el fascismo

'Utøya. 22 de julio', de Erik Poppe.

Andrea Berntzen en una de las escenas de ‘Utøya. 22 de julio’. Fuente: wired.co.uk.

Utøya. 22 de julio. Tuve que leer varias veces el título y la sinopsis de esta película. Un título, precisamente, que no dejaba lugar a dudas. Pero me costó procesar la naturaleza y el sentido de un producto así. A priori, cualquier film que recree una desgracia humana (al menos reciente) me parece un ejercicio de mal gusto, innecesario y morboso. Algunas voces críticas en Noruega apuntan en esa dirección: opinan que era demasiado pronto –los atentados que relata, perpetrados por un terrorista de extrema derecha, sucedieron en 2011–; a lo que el director, Erik Poppe, responde en esta entrevista en Público: “Quien debe decidir son las víctimas. Ellas expresaron su apoyo a la película y querían estrenarla lo antes posible (…). No acepto que desde el arte evitemos contar y mostrar esta historia. (…) Si no duele ver lo que pasó, es que entonces es demasiado tarde.”

En cuanto al formato –discutible– de la ficción para recrear hechos de este tipo, debo confesar que no he visto ninguna de las películas relacionadas con los atentados del 11-S. Pero sí documentales. Y también he leído numerosos artículos y análisis sobre aquellos sucesos. Esto me ha llevado a pensar: ¿qué más da el formato escogido cuando estamos ante una denuncia que pretende llegar a la mayor cantidad de gente posible? Porque eso es lo que pretende ser, en última instancia, Utøya. 22 de julio: un poderoso artefacto que apunta al fascismo, que ningunea al asesino para dar voz a las víctimas y que llegará a muchas más personas que cualquier reportaje o documental.

Denuncia del auge de la ultraderecha

Las motivaciones de Utøya. 22 de julio se explicitan únicamente en los créditos finales: “La extrema derecha aumenta en buena parte de Occidente”, leemos. “Solo de nosotros depende frenar este auge”, parece sugerir, sin decirlo. Aunque llegados a este punto, las conclusiones del espectador difícilmente serán ambiguas: durante una hora y media exasperante hemos sufrido en tiempo real la recreación de la pesadilla que vivieron los jóvenes socialdemócratas que pasaban unos días de campamento en la pequeña isla que da título a esta película, a 40 kilómetros de Oslo.

Setenta y dos minutos de calvario en los que murieron setenta y siete personas y que sufrimos como espectadores en tiempo real –el mismo que duró el ataque, más veinte minutos previos de contexto y presentación de personajes–. El formato elegido –efectivo en su práctica totalidad– es un largo plano secuencia de pulso nervioso y cámara pegada a la protagonista, un recurso parecido al utilizado en la no menos aterradora El hijo de Saúl. Ella es una de las jóvenes del campamento, que acaba de discutir con su hermana pequeña, con quien perderá el contacto al estallar el caos y a quien intentará salvar de la masacre. A partir de aquí reinan el pánico y la paranoia; como las víctimas, no sabemos apenas nada de lo que está sucediendo, salvo que alguien –o varias personas, presumiblemente la policía– está abriendo fuego contra nosotros. La angustia se dispara y la sala de cine, por una vez, enmudece.

Drama familiar y violencia no explícita

El film, ciertamente, impacta y logra su cometido, si bien resulta algo reiterativo en su segunda mitad. Este es el peaje de su cámara (casi) subjetiva y de su no montaje. Pero los aciertos superan las carencias. Entre ellos hallamos la apuesta clara por el fuera de campo frente a las escenas explícitas en las que podría redundar; también la llamada telefónica de la protagonista a su madre o la conversación de la primera con una adolescente moribunda. Recursos dramáticos ficticios que ayudan a completar el retrato, más escalofriante que cualquier otro survival horror desde el momento en que sabemos que todo aquello pasó de verdad.

¿Podría Utøya. 22 de julio ser mejor? Sí. ¿Era este un filme necesario? Probablemente, también. Como apunta su director, funciona como recordatorio de que todo fanatismo, sea del signo que sea, es algo a combatir y a erradicar entre todos. Censurar a los (anti)políticos que se dedican a fomentar el odio de forma irresponsable –empezando por nuestro país– sería un buen primer paso. Bienvenidas sean, pues, todas las propuestas nacidas, como esta película, para abrir el debate y, sobre todo, señalar a los culpables menos visibles.

Author

David Sabaté

Periodista cultural, colaborador de Mondo Sonoro desde 2001 y apasionado del cine, los libros y la música. Ha pasado por medios como El Periódico de Catalunya, Rockzone o Catalunya Ràdio. Filias: David Bowie, Black Sabbath, John Carpenter y el Festival de Cine de Sitges, al que acude desde que tiene memoria.
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