‘Midsommar’, horror bajo el sol de medianoche

Midsommar, de Ari Aster

Esto no es una boda. Escena de ‘Midsommar’, de Ari Aster. Fuente: vanityfair.com.

Hay tantas películas mediocres, reiterativas y calcadas a otras tantas cintas –de género o no–, que descalificar Midsommar resulta poco menos que una temeridad. Cierto tipo de público del cine de terror, en este caso, no se muestra muy tolerante con aquello que se sale de la norma. Como en las sagas dilatadas que ofrecen siempre más o menos lo mismo, o el tempo episódico de las series, cierto perfil de espectador parece necesitar una nueva ración de lo de siempre, desde los sustos a golpe de volumen hasta la progresión previsible de los acontecimientos vistos una y mil veces en el cine de horror.

Por esta misma razón, ese perfil de espectador aborreció Hereditary, una de las mejores películas de 2018 más allá de géneros; y por eso, muy probablemente, abominarán aún más de esta deslumbrante muestra de horror folk a plena luz del día. No son ni mejores ni peores fans del género, faltaría más. Aunque un servidor no se cansará de agradecer que Ari Aster, confirmado ya como uno de los autores más interesantes del moderno cine de terror, haya apostado de nuevo por la vía libre.

Ritos paganos y drogas alucinógenas

¿De qué va Midsommar? Una pareja estadounidense en plena crisis viaja junto a sus amigos mochileros hasta un recóndito paraje rural del norte de Suecia. Allí, y por motivos académicos de interés antropológico, se integrarán en la vida de una comuna hippie de extraños ritos ancestrales aderezados con sustancias alucinógenas. Pronto las cosas empezarán a enrarecerse, como si los protagonistas de Clímax despertaran de su mal viaje en la tierra del sol de medianoche. Aunque la alteración de los sentidos no será precisamente el mayor de sus problemas.

Los ritos paganos de la comunidad –¿la secta?– irán generando perplejidad en los forasteros –y en el espectador–, alimentando un lento crescendo de tensión y claustrofobia en campo abierto que emparenta Midsommar con la Summerisle de The Wicker Man, una de sus influencias más claras. Por el camino encontramos algo de humor negro –se agradece–; algunas pinceladas gore –tremendo el rito de fin de ciclo vital– y algunos trazos a lo Hostel que enrarecen pero no deslucen el conjunto.

Terror a plena luz del día

Se ha comentado mucho el uso de la luz en Midsommar; no hacerlo sería obviar uno de sus aspectos más apabullantes y perturbadores –por desconcertantes–: como si de un alumno aventajado de Kubrick se tratara, Ari Aster otorga a su cuidada puesta en escena una brillante luminosidad, por momentos cegadora, que amplifica su principal subversión genérica: como los Coen, que tiñeron el cine negro de blanco nieve en Fargo, Aster huye de la oscuridad de su perverso y brillante debut para saturar nuestras pupilas con el verde ondulante de los campos y centenares de coloristas flores bañadas por un sol casi nuclear.

Su estilo, detallista y epatante en lo formal –cercano por momentos al manierismo, uno de los aspectos de Midsommar que podríamos llegar a discutir–, posee un trasfondo dramático sólido, personajes bien construidos y un aura fresca y vibrante que emparenta al realizador con una nueva generación de jóvenes cineastas. Hablamos del cine de Robert Eggers (La bruja), David Robert Mitchell (It follows), Jennifer Kent (The Babadook) o Jordan Peele (Déjame salir, Nosotros): todos ellos entienden el género como un vehículo para asustarnos, por supuesto, pero también para contarnos otras cosas mucho más íntimas e universales.

Sobre la pérdida y el empoderamiento femenino

Uno de los aspectos más perturbadores de la cinta, y que late en el subsuelo desde su magistral prólogo, es el retrato que Aster realiza del trauma y la pérdida. Si en Hereditary, la muerte de la abuela desencadenaba un drama familiar atizado por maleficios satánicos, Dani, la protagonista de Midsommar –notable Florence Pugh acaba de sufrir la pérdida de toda su familia.

Una cicatriz demasiado profunda que la volverá aún más dependiente de su novio maltratador. Así, la enfermedad mental convive de nuevo con los principales personajes del cine de Aster, con Dani tomando el relevo de Annie (Toni Collette) en Hereditary. Una vulnerabilidad que sirve al realizador para enfatizar el verdadero tema de Midsommar: el peligro de las relaciones tóxicas y la necesidad de soltar lastre, aunque sea por la vía más primitiva y drástica posible. Y, de paso, servirnos un catártico clímax en clave de empoderamiento femenino, como el de la citada La Bruja, tan bello como brutal.

Author

David Sabaté

Periodista cultural, colaborador de Mondo Sonoro desde 2001 y apasionado del cine, los libros y la música. Ha pasado por medios como El Periódico de Catalunya, Rockzone o Catalunya Ràdio. Filias: David Bowie, Black Sabbath, John Carpenter y el Festival de Cine de Sitges, al que acude desde que tiene memoria.
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