'Rec 3', hasta que la muerte nos separe

Leticia Dolera, la novia cadáver

Paco Plaza toma las riendas en esta tercera entrega de la saga que recupera el pulso y amplifica los ingredientes gore y el sentido del humor costumbrista y gamberro de sus predecesoras. Un entretenido y divertidísimo artilugio en el que sobresale una magnética Leticia Dolera.

Revulsivo de patios de butacas. Terror real y duradero para muchos vecinos del Eixample barcelonés, donde se ambientan las dos primeras partes de la saga. Casi una película de muertos vivientes de autor(es). Experimento filmado en buena parte cámara en mano, atrapando al espectador, junto a los personajes, en un claustrofóbico avispero de zombies sin salida.

La franquicia de terror más rentable del cine español, «Rec», es eso y mucho más, pero necesitaba recuperar la frescura como los no muertos ansían vísceras y sangre. De ello se ha encargado, primero, Paco Plaza –Balagueró aguarda turno con la cuarta e inédita parte-, y los resultados han sido más que satisfactorios. No es que la primera secuela, que tiraba más hacia lo sobrenatural y diabólico en detrimento de la hipótesis vírica original, resultara fallida, para nada; aunque sí asomaba el riesgo de estancamiento y de explotación gratuíta de una fórmula de éxito.

Conscientes de ello sus responsables, esta tercera entrega despliega pronto acertados cambios formales –la cámara subjetiva deja paso, a los pocos minutos, al formato de cine clásico- y de tono, amplificando ese corrosivo y costumbrista sentido del humor marca de la casa –recuerden en la anterior entrega, por ejemplo, esa ama de casa zombie batiendo huevos en una cocina-.

Una hilaridad que casa –nunca mejor dicho- a la perfección con el punto de partida de ‘Rec 3’: una boda como reflejo social de alegrías pero también de miserias y vanidades diversas. Un ritual que ya de por sí termina siendo en muchos casos un desfile de zombies alcoholizados y que refleja el vacío existencial ligado a menudo a determinadas convenciones sociales.

Destacar algunos grandes y risibles secundarios -el inspector de la SGAE y el camarero-escudero, ambos con previsible poco futuro-; y, por encima de todo, una Leticia Dolera pletórica en su variedad y evolución de registros, cuya venganza personal nos deja imágenes ciertamente totémicas –esa novia ensangrentada que combina ligero con motosierra- dignas de Raimi, Jackson o Tarantino.

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Texto: David Sabaté