«The Congress»: Robin Wright en el país de las maravillas

Robin Wright convertida en dibujo (in)animado. Fuente: www.bone-idle.ie

Robin Wright convertida en dibujo (in)animado. Fuente: www.bone-idle.ie

Más vale tarde que nunca. Uno de los mejores títulos del 2013 llega a la cartelera española precedido por el entusiasmo generado en certámenes como el pasado Festival de Cine Fantástico de Sitges, donde obtuvo el Premio de la Crítica. “The Congress” constituye una rareza fascinante, original, bella y desasosegante a partes iguales, tanto en la forma como en el mensaje.

Lo que Ari Folman (“Vals con Bashir”) propone aquí es un viaje mental y sensorial a un mundo paralelo de dibujos animados en el que las estrellas de cine conviven con ciudadanos de a pie y en el que cualquiera puede reinventar su existencia; un limbo colorista y barroco que sumerge al espectador en un extraño estado de sorpresa, angustia, fascinación y melancólica embriaguez. Ahí es nada.

El personaje de Robin Wright, sometiéndose a la técnica de captura de movimiento. Fuente: www.futurefilm.fi

El personaje de Robin Wright, sometiéndose a la técnica de captura de movimiento en una de las mejores escenas del filme. Fuente: www.futurefilm.fi

Lo más inquietante del planteamiento de «The Congress» es que nos sitúa ante la posibilidad de un mundo paralelo virtual con trazas de nuestro día a día actual pero llevado al extremo. Y es que ese paraíso ficticio -perversión del Dibullywood de «¿Quién engañó a Roger Rabbit?» con pinceladas de El Bosco– esconde una desoladora realidad: la de una sociedad cercana al Apocalipsis, devastada y sin recursos donde la mayor parte de la humanidad vive en la pobreza, sin esperanzas ni expectativas, y cuya única salida reside en una escapada mental de difícil retorno.

El peaje pasa por una potente droga que anula la voluntad real del individuo, convirtiéndole en un sujeto mentalmente tan animado -literalmente- como inofensivo y manipulable en el mundo terrenal, para deleite de corporaciones y minorías dirigentes. Un fondo aterrador para un envoltorio tan bellamente ensoñador como inquietante.

Robin Wright en el papel de heroína de acción. Fuente: www.moviepilot.de

Robin Wright en el papel de heroína de acción. Fuente: www.moviepilot.de

Una distopía paradójicamente tangible que constituye a su vez una crítica reflexión sobre de la industria del cine, el acto creativo y la caducidad de los actores (especialmente las actrices, deberíamos añadir), alcanzada cierta madurez.

No es casual que la protagonista sea una actriz de mediana edad como Robin Wright, quien se interpreta a sí misma, a las puertas del ocaso de su carrera (el filme se rodó antes de su gran éxito televisivo «House of Cards«): su personaje, mejor dicho, la propia Robin Wright, debe decidir si cede a la presión de los estudios para crear un yo artificial que podrá protagonizar, cual marioneta, cuantas películas quieran las majors. Una metáfora de reminiscencias goethianas sobre la inmortalidad a cambio de vender el alma.

¿Una obra de El Bosco animada? Más bien un limbo colectivo pasado por ácido. Fuente: www.undermgzn.com

¿Una obra de El Bosco animada? Más bien un limbo colectivo pasado por ácido. Fuente: www.undermgzn.com

Inmersos en este proceso, Folman nos regala una de las mejores y más emotivas escenas de la película (y probablemente del 2013): la sesión de captura de todos los gestos y expresiones de la actriz ante la atenta mirada y las réplicas de su asesor -formidable Harvey Keitel– condensa el significado de la interpretación y desprende verdad.

Y aún traspasado el espejo (o el agujero en el árbol; o engullida la píldora azul) e inmersos en el más allá escapista, el subconsciente, como en «Olvídate de mi«, nos recuerda quien nos importa en realidad, ya sean los padres, una pareja o, en este caso, un hijo enfermo. Por una vez podemos decirlo alto y claro, sin titubeos: una verdadera obra maestra.

Texto: David Sabaté

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